La vida universal se espeja también en los pequeños hechos de los humanos.
Negocios que en otros tiempos han nacido del polvo de la iniciativa, del
sacrificio, de la capacidad artesanal, de las oportunidades y de la madre
suerte, llegando a ser símbolos comerciales, hoy luego de ser arrastrados por
las grandes tempestades de los últimos dos decenios, han tenido que cerrar sus
puertas, dejando extinguir valiosas tradiciones y buenos productos. Y gran parte
de la responsabilidad por la desaparición de dichos negocios la ha tenido la
nueva gente, nuestros descendientes que se han hecho encandilar por el espejismo
de la felicidad, por una cajita feliz, por un horrendo monstruito, por una
muñeca deforme, por un helado sintético... Los nuevos negocios que han
derrumbado nuestros negocios (sí, porque los de hoy no son nuestros negocios,
son los negocios de los demás) también derrumban nuestro acervo cultural. Y así
estamos.
En esta página presentaré algunos de aquellos comercios que todavía
sobreviven, por muy poco tiempo más, sus dueños ya están cansados y
desilusionados. Con el polvo de los años, sus viejos negocios son casi
peregrinajes hacia donde un reducido número de ancianos y fieles clientes acuden
con devoción todos los días o cuando sus piernas se los permiten. Ni un joven,
ni un nuevo entendedor. Estos se fijan en el precio, en el atractivo envase o en lo
que hay debajo de la pollerita de la empleada que los atiende...; la calidad del
producto no importa, ni tienen la capacidad para relevarla.
Empezaré con mostrar un lugar donde el pan, indiscutiblemente, es como el que
se comía antes:
La Marina: 111 años de buenos y renombrados
productos.
Es una panadería. Fue emplazada en el lugar donde ahora se erige un horrible
edificio de celdas horizontales y donde mora el escribidor de este sitio.
El barrio, ubicado entre las avenidas Luro y Colón, Independencia y calle San
Juan, fue el lugar de residencia de los primeros habitantes de la reciente
declarada ciudad de Mar del Plata en 1874. Todavía se puede notar en el frente
de viejas casas los años de construcción anteriores al 1900. Y La Marina fue una de
éstas: año 1883 en la esquina de la calle Rivadavia y Jujuy. Poseía dos horno de
bóveda a leña, uno grande y uno chico y entrada para carros y caballos, pues el
pan se repartía hasta los lugares más alejado de entonces, como el faro de Punta
Mogotes: toda una travesía llena de imprevistos debido al estado de los caminos.
En el 1948 fue comprada por los padres de los actuales dueños que años más tarde
en diciembre de 1964 tentados por ofertas muy convenientes de un vecino
club, se trasladaron a unos pocos metros de allí, en calle San Martín y Jujuy
ocupando con el mismo nombre el espacio de otra panadería llamada La Espiga de
Oro.
Los dueños, precursores de los 'Productos Dietéticos La Marina', que todavía elaboran en
forma natural, con el verdadero sentido de la palabra, pues dieta, como
argumentaría un gran columnista argentino, del latín 'diaeta', significa
régimen de vida, por supuesto sano. Galletas marineras, pan de centeno y otras
especialidades componen un surtido para todos los gustos.
Y el pan, ¡una locura! Mignoncitos, caseritos, figazitas, flautitas y todo
crocantito. Lo que nunca pude entender de los consumidores que si aprecian las
buenas cosas cuando se les da a probar y si saben donde encontrarlas, ¿por qué
no las compran? y las consumen. Y contrariamente siguen malogradas dietas con
galletitas de agua que contienen el 37% de ácidos grasos 'trans' o fantasma,
porque hasta ahora no se tiene la obligación de declararlos (¡sic!).
Sin más, los invito a que visiten 'La Marina', en San Martín pasando Jujuy
sobre mano izquierda, en nuestro barrio, en nuestra ciudad, en Mar del Plata, si
usted es un turista interesado.
Después de la bomba Clinton cuya veladas declaraciones de la prensa
denunciaron las causas del malparado corazón del ex presidente, el gobierno de
su país, empezará a suministrar a los escolares una merienda gratis consistente
en un sándwich, un yogur, frutas frescas y otras alternativas naturales; nada de
comida empaquetada. Entre los estadounidenses el 13% son obesos y en Argentina,
ocupando el cuarto lugar, el 7%, y los mangiapastas de los italianos figuran con
un número muy chico.
Era previsible: La Marina ya cerró sus puertas. Estoy
seguro que la burocracia municipal ha influido de manera cruel en la
decisión. Y estoy seguro que dentro de poco, un mediocre edificio de
departamentos ocultará cualquier vestigio del tradicional santuario
marplatense. Los sobrevivientes parroquianos se llevarán sus crocantes
sabores a otra dimensión, al olvido.
In memóriam
Pasqualino
Marchese
Junio de 2008